#37: El secreto del éxito (1)

Suma Positiva es una publicación semanal sobre startups, tecnología, innovación e inversión escrita por @samuelgil, Partner en JME Ventures


¿Podemos explicar de forma científica a qué se debe el éxito de un producto o de una persona? ¿En qué medida se debe a causas objetivas como su calidad o su rendimiento? ¿Qué papel juegan esos otros factores externos a los que nos solemos referir vagamente como “suerte”? ¿Podemos hacer algo para aumentar nuestras probabilidades de éxito?

Las respuestas a tan fascinantes preguntas se encuentran en el trabajo del profesor de la universidad de Northeastern Albert-László Barabási, padre de la teoría de las redes libres de escala (scale-free networks), las redes que se forman de manera natural para el intercambio de materia e información entre los elementos que forman los sistemas complejos, que, como vimos, dominan nuestra existencia biológica y social.

Nos basaremos en su libro The Formula: The Universal Laws of Success, que leí hace un tiempo por recomendación de mi amigo el gran VC mexicano Fernando Lelo de Larrea.


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Introducción

El éxito como fenómeno social

Recuperarnos de una lesión si somos deportistas o aprender a tocar una canción difícil si somos aficionados a la música son grandes logros a nivel personal. Probablemente, de los que más satisfacción producen. Sin embargo, el éxito, al menos al que nos referiremos aquí, son las recompensas que obtenemos de las comunidades a las que pertenecemos. Estamos hablando de fama, reconocimiento, impacto, visibilidad, audiencia, citas, ventas, etc., lo que corresponda en cada caso. Todas estas medidas de éxito tienen una cosa en común: son externas, no internas; son colectivas, no individuales. El éxito es un fenómeno colectivo.

Todos, tenemos la noción intuitiva de que rendimiento y calidad están vinculados al éxito. Tanto es así que, a veces, erróneamente, los igualamos. Sin embargo, todos, a lo largo de nuestras vidas, hemos observado que personas con habilidades similares o productos con calidades semejantes obtenían resultados muy diferentes en sus respectivos mercados. Eso es debido a que el éxito no va (sólo) de ti y de tu rendimiento; va de nosotros y de cómo nosotros percibimos tu rendimiento.

A pesar de que el impacto inicial de cualquier cosa es inevitablemente local—sólo unos pocos familiares, amigos, vecinos, colegas, socios o clientes son testigos de él—, a veces, ese algo logra desencadenar una oleada que va mucho más allá de sus círculos más cercanos y que se propaga generando un gran respuesta colectiva.

Éxito, redes y complejidad

En el lenguaje de las redes, todos nosotros somos nodos dentro de una inmensa red interconectada que nos vincula a miles de millones de otros nodos. Las redes que caracterizan nuestro éxito son—como los sistemas de los que formamos parte—complejas. Servicios como Facebook apenas permean la membrana de la densa red de relaciones personales en la que vivimos inmersos, así como intercambiar tarjetas de visita en un evento es probablemente el acto de networking profesional más rudimentario que existe.

Si nuestras comunidades—es decir, nuestras redes sociales y profesionales—son las principales responsables de nuestro éxito, debemos analizarlas para comprender mejor las respuestas colectivas que se suceden a las acciones individuales y que dan lugar al éxito, para así poder desarrollar estrategias que nos acerquen a él.

Los más exitosos entre nosotros han dominado estas redes, usándolas para lograr un lugar en la conciencia colectiva, ganándose un espacio muy valioso en la mente de las personas.

Por norma general, como iremos viendo y desgranando a lo largo de este artículo, las redes amplifican el éxito de aquellos que son más útiles para ellas.

Primera ley del éxito

“El rendimiento influye en el éxito, pero, cuando el rendimiento no se puede medir, las redes son responsables del éxito.”

Vamos a comenzar nuestro estudio de la influencia relativa del rendimiento y de las redes en el éxito observando lo que ocurre en dos casos extremos. El primero de ellos será el mundo del deporte profesional individual, un ámbito en el que el rendimiento es perfectamente observable y medible. El segundo de ellos será el del arte moderno, uno en el que la calidad es imposible de determinar por parámetros objetivos.

Rendimiento perfectamente medible

Bien es sabido que en el deporte profesional, los ingresos que genera un deportista son fruto tanto de sus hazañas deportivas como de sus contratos de imagen, que a su vez están ligados a su popularidad.

Analizando el mundo del tenis, un deporte que se presta especialmente bien a la cuantificación, Albert y sus colaboradores encontraron una correlación casi perfecta entre los resultados deportivos de los tenistas—medidos por sus puntos ATP—y las visitas que recibía su página de Wikipedia, un proxy de su popularidad. Tan fuerte era esta correlación, que eran capaces de predecir las visitas diarias a su página en función de su último resultado en la pista. De sus resultados deportivos y de sus hits en Wikipedia se podría a su vez extrapolar sus ingresos. Un ejemplo de relación perfecta entre rendimiento y éxito.

Con el fin de contrastar si las redes no tienen influencia alguna en los campos en los que el rendimiento es muy medible, Albert y su equipo estudiaron qué ocurría con el éxito profesional de los estudiantes con las notas más altas en los exámenes SAT de acceso a la universidad—una medida objetiva de su rendimiento—en función de si, tras haber hecho la solicitud, eran admitidos a las universidades más prestigiosas, a la denominada Ivy League. En promedio, los graduados de las universidades de la Ivy League perciben unos salarios muy superiores a los graduados de otras universidades, motivo por el cual hay una competición desorbitada por entrar en estas universidades. ¿Hasta qué punto es la formación y/o el título responsable del mayor éxito de los estudiantes? Pues bien, Albert y su equipo descubrieron que no había diferencia significativa en salarios entre los mejores estudiantes—los de la nota de acceso más alta—, hubiesen sido admitidos a la universidad más prestigiosa o no. En otras palabras, en este caso, la red no tuvo ningún efecto significativo en su éxito.

Como seguramente habrás anticipado, la dificultad estriba en que casi ninguna actividad o aspecto de la vida son tan cuantificables como los ejemplos que acabamos de ver. Ni siquiera en un campo como el deporte, en el que es trivial separar ganadores de perdedores, es fácil atribuir un rendimiento individual a los deportistas de equipo.

Rendimiento imposible de medir

En el tenis es extremadamente fácil distinguir a un profesional de un aficionado. Basta con ponerlos a jugar el uno contra el otro. Por contra, con frecuencia vemos cómo todo tipo de objetos cotidianos se camuflan sin problema entre valiosas obras en las ferias de arte moderno, para admiración—y posterior sorpresa—de los asistentes.

Ahora veremos cómo, en ausencia de una forma objetiva de medir el rendimiento o la calidad, las redes asumen un rol crucial en la determinación del éxito de un producto o una persona. Es importante destacar que, que la calidad sea imposible de medir o cuantificar objetivamente, no significa necesariamente que no exista o que no sea posible identificarla por ojos expertos. Como dijo el juez americano, refiriéndose a si el contenido de una cinta de vídeo debía considerarse pornográfico: “no sabría describir de antemano con precisión qué hace que algo recaiga en esa categoría, pero lo reconozco cuando lo veo”.

Nadie puede asignar un valor económico a una obra de arte de forma objetiva, por el mero hecho de observarla y analizarla. Si descubrimos que, en contra de lo que pensábamos, un cuadro ha sido pintado por un aprendiz el lugar de por su maestro, su valor cae estrepitosamente. Si descubrimos que el cuadro que teníamos abandonado en el desván porque nos parecía feúcho es un Rembrandt, podremos venderlo y retirarnos de por vida. Es una mera cuestión de oferta y demanda.

En el caso del arte, derivamos su valor primordialmente del lugar donde está expuesto o por el precio que pone en la etiqueta. Seguro que no veríais con los mismos ojos los dibujos de mi hija de dos años si los veis colgados de mi nevera que si los viéseis expuestos en ARCO. Al igual que tampoco miraríais con los mismo ojos un mismo cuadro si en su etiqueta pusiese 50 € ó 5.000.000 €. El arte es el perfecto ejemplo de la importancia del posicionamiento, donde veíamos que el valor que asignamos a un producto depende en buena medida del contexto en el que es presentado.

Para valorar una obra de arte, no nos queda otra que basarnos en la red invisible de historiadores del arte, galeristas, comerciantes, agentes, casas de subastas y coleccionistas que determinan qué obras se muestran en los mejores lugares de exposición, o qué precio alguien está dispuesto a pagar por ellas.

¿Cómo son las redes capaces de crear valor de la nada?

En este caso, se da un bucle de retroalimentación en el que los artistas obtienen prestigio de exponer en galerías y museos prestigiosos y, a su vez, el prestigio de estas instituciones se deriva de la importancia percibida de los artistas que representan y exhiben. En otras palabras, existe una relación simbiótica entre artistas e instituciones, y se basa en poco más que la creencia mutua en el otro. Los artistas no quieren nada más que exhibir su trabajo en galerías apreciadas, y las galerías tienen éxito o fracasan atrayendo a artistas de renombre.

En estas redes de curación, las decisiones de unos se basan en las decisiones previas de otros, en cuyo criterio confían y, fundamentalmente, en cuyo éxito previo se apoyan, lo que da lugar a la formación de grandes hubs—nodos con muchas conexiones—que juegan un rol central en la red. Entra en este selecto club y tu vida será más fácil. En el caso del arte, estos hubs coinciden con las principales galerías y museos del mundo. Exhibir en uno de ellos es la mejor garantía de éxito futuro. Aquellos artistas que no se interesan o que no consiguen entrar en esta parte central de la red, se ven relegados a la mediocridad, exponiendo una y otra vez en galerías y museos que nunca les hacen progresar hacia la parte central, con quienes no tienen conexiones. El equipo de Albert demostró con datos que, viendo dónde un artista exponía al inicio de su carrera, se podía predecir con sorprendente precisión su éxito futuro.

Con algunas salvedades importantes que matizaremos más adelante, veo un cierto paralelismo entre la industria del arte y la de la inversión en etapas tempranas, donde el valor de las startups es aún muy difícil de determinar por causas objetivas. Los mejores emprendedores quieren obtener inversión de los mejores fondos—los principales hubs de la red—, porque eso les ayudará a obtener una visibilidad que les servirá para atraer a otros fondos, talento e incluso a algunos clientes. A su vez, los fondos de prestigio derivan el mismo de haber identificado e invertido en compañías que han tenido éxito posteriormente, lo que les facilita seguir atrayendo a los mejores emprendedores. En etapas más avanzadas, esto se va tornando menos cierto, pues el rendimiento de la compañía se va volviendo más objetivo.

Por ello, puede que la página web de portfolio de Sequoia tenga más que ver con el Louvre que la trayectoria de un emprendedor que acaba de empezar con la de Rafael Nadal en sus inicios.

Buen fin de semana,

Samuel


La semana continuaremos viendo la segunda y tercera leyes del éxito, que dicen, respectivamente:

2ª: “El rendimiento está acotado, pero el éxito no tiene límites.”

3ª: “Éxito previo + aptitud = éxito futuro”

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